En Estados Unidos, cada día en promedio 309 personas reciben disparos, 93 de ellas mueren. En un año, equivale a 114,994 personas, de las que 33,880 fallecen, según encuestas de la Campaña Brady. Las cifras suponen una anomalía en el mundo desarrollado. Como también lo es el cálculo de que hay nueve armas por cada diez ciudadanos. Es la proporción más alta del planeta. Ahora la pregunta es: ¿por qué ha llegado tan lejos?
Lo más sencillo sería culpar a la dosis de violencia que llega hasta los más pequeños, que ven en las películas y la televisión. Sin embargo, esto no es más que un reflejo de la sociedad americana. En tal caso, habría que culpar al ejemplo que reciben de sus padres. El americano promedio lleva una vida individualista, encerrado en sí mismo y lo que le interesa, y, sobretodo, acostumbrado a "defender lo que es suyo", sin importar el medio.
La raíz de todos los problemas "americanos" es su nacionalismo. Se le ha sembrado a los civiles ese "amor por la patria" enfermo, discriminante. Que tienen que defender lo suyo, que tienen que pasar encima del otro para triunfar, tal y como lo han hecho sus gobiernos frente a la guerra. Por eso se legaliza la posesión de armas, porque piensan "soy americano, nadie puede tocarme". Eso sin contar que autodenominan "América" a su país, cuando no al continente.
Michael Moore, estadounidense, presentó un documental donde se evidencia cómo los niños absorben el contexto en el que viven, y al tener libre acceso a las armas y padres que les digan que poseerlas es un derecho americano, empuñan una pistola y son capaces de cualquier cosa. Los adolescentes, en lo mejor de su rebeldía, casi no cuentan con restricciones para nada, y ha habido casos, como el de la escuela secundaria de Columbine, en donde los jovencitos mueren en manos de sus compañeros.
En latinoamérica, las armas están en manos de grupos delincuenciales y los asesinatos son ocasionados por las pandillas. En Estados Unidos, cualquiera tiene acceso a ellas y los asesinatos se dan entre civiles. Eso da mucho en qué pensar. Quizá esa nación de la que tanto presumen y están orgullosos no sea tan increíble como quieren que pensemos. Quizá solo sea un invento para causar pánico ante posibles rivales y mantenerse en el poder.


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