Una mala alimentación es la que no aporta a nuestro organismo los nutrientes necesarios para realizar las funciones esenciales para la vida. Los hábitos alimenticios se han vuelto irregulares, con una tendencia a ingerir comidas ricas en grasas saturadas y azúcares. Las consecuencias pueden ser más o menos graves y se pueden revertir modificando la dieta hacia una alimentación saludable y completa.
El problema de no alimentarse bien es que se corre el riesgo de la obesidad y el sobrepeso. La OMS los define como “una acumulación anormal o excesiva de grasa que puede ser perjudicial para la salud.” Las complicaciones físicas incluyen niveles altos de colesterol, diabetes, enfermedades del corazón y de los vasos sanguíneos, hígado graso y otras que amenazan con la vida de quienes llevan esta condición.
A pesar de que la salud se ve afectada, lo más duro es la parte emocional. Las personas obesas sufren porque lucen grandes y corpulentas, y a menudo son juzgadas por su apariencia y “condenadas” por otras personas. La sensación de no encajar en un molde perfecto, el rechazo de parte de los compañeros, el bullying y los comentarios ofensivos causan depresión, principalmente en los niños y adolescentes, quienes no siempre tienen la culpa de su mala alimentación.
Lo ideal es consumir una dieta balanceada y variada, con la presencia de todos los grupos alimenticios. Lo difícil es que la comida sana es mucho más cara que la comida chatarra, y cuando no se cuenta con el tiempo y el dinero para detenerse a comer algo nutritivo, la opción más sencilla son las hamburguesas, las pizzas y las papas fritas. O cuando papá y mamá van al supermercado, sale mucho más barato comprar alimentos con alto contenido de grasas trans para la familia.
Los problemas serios comienzan cuando se vuelve un hábito. Combinando el alto consumo de grasas con un descenso en la actividad física es que se complica la salud. En realidad es un problema tratable y evitable. Una dieta balanceada puede cambiar la vida de una persona por completo y ayudarle a sentirse mejor. No es una cuestión de estética, sino de salud (física y emocional).


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